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EL SECRETO DE
SAN CRISTÓBAL
EL SECRETO DE
SAN CRISTÓBAL
EL SECRETO DE
SAN CRISTÓBAL
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UNO DE LOS LUGARES MÁS PELIGROSOS EN LA TIERRA GUARDA EL MARAVILLOSO SECRETO DEL NACIMIENTO DE UNA PASIÓN. HACE MUCHOS AÑOS, EN LOS DÍAS EN LOS QUE MÉXICO TRATABA DE CICATRIZAR LAS HERIDAS DE SUS CONVULSAS PRIMERAS DÉCADAS DE INDEPENDENCIA, UN DICTADOR EMPEÑADO EN SACRIFICAR TODO A COSTA DEL PROGRESO, UN BRILLANTE EMPRESARIO Y UN MONTÓN DE TRABAJADORES BRITÁNICOS HICIERON CORRER POR TIERRAS MEXICANAS LA PRIMERA PELOTA DE FÚTBOL. BIENVENIDOS AL PASADO, A LA ÉPOCA DE LOS CARRUAJES, LOS SOMBREROS DE COPA Y LAS CRINOLINAS. ESTA ES LA HISTORIA DE UN GRUPO DE INGLESES QUE LLEVARON SU JUEGO HASTA LOS ANTIGUOS DOMINIOS DE LOS TLATOANIS AZTECAS, Y AHÍ SE QUEDÓ LA PELOTA, RODANDO POR TODO UN PAÍS QUE SUSPIRA POR ELLA.
 
 
Octavio RIVERO
 

   
 
 
 

El cuerpo de un joven yace tendido en medio de aquel pequeño lunar de pasto descuidado y quemado, a unos metros del canal del desagüe, cerca de San Cristóbal Ecatepec, Estado de México. El chico, que no rebasa los 18 años, está malherido. Se encuentra rodeado por una docena de personas, las cuales, pese a su crítica condición, no corren a asistirlo; muy por el contrario, lo insultan, golpean y tratan de lincharlo, hasta que un policía se interpone entre ellos y su presa. Después de unos segundos, por fin muere, entre el incomprensible festejo de aquellos que atestiguaron el triste final de una fugaz vida. En ese instante una camioneta color gris se estaciona cerca del lugar. De ella, un hombre de fiero aspecto desciende y corre hacia el cuerpo de la víctima, gritando al cielo con demenciales formas.

¡Hijo mío, hijo mío!

Pero sus gritos no logran conmover a los presentes. Uno de ellos, escondido entre la multitud, responde.

¡Ya vino por su rata! —Otro afirma—. ¡Él también es rata!

Cinco minutos antes, el mozo, vestido con la indumentaria de entrenamiento de la selección de Alemania y acompañado por dos cómplices, amagó con un revólver y asaltó a los comensales de un improvisado y patético puesto de comida callejera, que se instaló esa desgraciada mañana en el camellón. Una vez cometido el delito, los tres huyeron a bordo de una motocicleta negra, hasta que fueron interceptados por un vehículo de la policía municipal, que se percató del incidente y acudió al sitio. Los chicos en su intento de escape dispararon hacía la patrulla, pero en el intercambio de fuego, una bala atravesó el vientre del joven con ropa deportiva. Esa es la realidad de Ecatepec de Morelos, un lugar con 1.800.000 personas en el que la mitad viven en pobreza extrema. Los índices señalan que anualmente se cometen 1.700 homicidios, 174 secuestros, 1.400 agresiones sexuales. Además, los robos son una constante: 1.300 casas y 3.000 autos son atacados de enero a enero. Sin embargo, esto no fue siempre así. Ecatepec guarda una de las historias más secretas de México. Fue en este lugar, ahora tan temido y golpeado por la delincuencia, donde en 1891 se jugó el primer partido de fútbol del que se tenga registro en territorio mexicano.

 
 
  
 
 
   
 
El México actual no se podría describir sin pasar un largo rato charlando sobre la gran pasión que genera el fútbol entre sus habitantes. Los mexicanos viven, comen, respiran y sufren por él. CD Guadalajara o Club América; CD Cruz Azul o UNAM Pumas; Tigres de la UANL o CF Monterrey; cada uno tiene cabida en el corazón de uno de los ciento veinte millones de personas que viven en este país. Aunque todo empezó en donde nadie se lo podría imaginar, el origen es bastante similar al del resto de los países latinoamericanos: una pelota de fútbol cruzó el océano Atlántico en el equipaje de algún ingeniero súbdito de la reina Victoria del Reino Unido. En las islas británicas el fútbol se remontaba a la gran era de las invasiones vikingas. Un acontecimiento sucedido en las islas Orcadas, al extremo norte de Escocia, desencadenó el derrocamiento y posterior decapitación de un cruel gobernante llamado Tusker. Con los despojos del infame guerrero nórdico, los habitantes de la ciudad de Kirkwall comenzaron la tradición de patear cosas redondas; no siempre era decente hacerlo con cabezas, así que optaron por utilizar vejigas de cerdo infladas con aire. Esta costumbre cruzó el estrecho de Pentland y se adentró en el corazón de Britania, que adoptó como propio el juego y lo practicó durante toda la Edad Media, pese a ser prohibido por diversos reyes. 
 
 
Historia de una nación
 

Con el paso de los años, aquel juego originado en Kirkwall seguiría efectuándose de manera clandestina, ya que era un constante generador de violencia. Muchos resultaron heridos practicándolo, muchos fueron los duelos a muerte que generó. Aun así, la pelota no dejaba de ser disputada. En ese transcurso de tiempo, la Corona de Castilla se había alzado como la gran ganadora del reparto de tierras producto de la conquista del Nuevo Mundo en 1492. De esta forma, los habitantes de la entonces llamada Nueva España y los británicos iniciaron unas relaciones que en principio no fueron muy amistosas, pues los corsarios y los piratas anglosajones asediaban y robaban cientos de barcos provenientes de los puertos de Campeche o Veracruz. Siglos más tarde, tras conseguir su independencia de Madrid, el país tomó el nombre de México. Los nuevos estados nacidos en Latinoamérica buscaron conseguir el necesario reconocimiento internacional. Londres se acercó a ellos concediendo ese respaldo, asegurándose concesiones mineras y otorgando préstamos que en muchos casos fueron mal utilizados por los gobiernos, como fue el caso de México. En 1850, veintinueve años después de vencer al ejército colonialista español y obtener su autonomía, los mexicanos habían perdido más de la mitad de su territorio en la guerra contra Estados Unidos; sus finanzas estaban en quiebra y decidieron suspender muchos pagos de los múltiples préstamos obtenidos años atrás.
 
Las interminables guerras civiles en México provocaron que el emperador francés Napoleón III impusiera una monarquía europea que gobernara el país. El elegido fue Maximiliano de Habsburgo, el hermano preferido del emperador Francisco José I de Austria y yerno del rey Leopoldo I de Bélgica. Su reinado fue breve; sus aires liberales le enfrentaron con la Iglesia y los conservadores y fue fusilado el 15 de junio de 1867 en Querétaro. A pesar de su fugaz y poco afortunada gestión, sus obras públicas sí alcanzaron notoriedad, entre ellas, la construcción del Paseo de la Emperatriz que unía su residencia, el Castillo de Chapultepec, con el centro de la ciudad, y que hoy en día es la avenida más importante de Ciudad de México. También empezó las obras del canal de desagüe en Ecatepec, con lo que se buscaba rescatar a la ciudad de las inundaciones que la asolaban cada temporada de lluvias. Para esto se siguió el trazado hecho a principios del siglo XIX por el explorador alemán Alexander von Humboldt, el cual llevaba el agua de los muchos ríos que regaban la ciudad hasta el río Tula, pasando por la simpática villa de San Cristóbal Ecatepec. En Inglaterra, mientras tanto, trece chicos que representaban a la misma cantidad de clubes redactaban las reglas del fútbol y fundaban la Football Association (FA). En 1871, Charles Alcock, hermano menor de uno de aquellos fundadores, crearía el torneo de fútbol más antiguo del mundo: la FA Cup.
 
 
 
 

 
 
 

La muerte de Maximiliano I le aseguró el poder al presidente Benito Juárez, que resistió constantes levantamientos armados hasta su muerte, el 18 de julio de 1872. El principal perpetrador de todas estas insurgencias era el general Porfirio Díaz, quien, tras una nueva revolución, tomó el gobierno el 5 de mayo de 1877. En el año 1884, bajo el gobierno de Díaz, México llegó a un acuerdo con el Reino Unido para reiniciar los pagos de su deuda y restablecer las relaciones comerciales y diplomáticas; así, las fronteras mexicanas se volvieron a abrir para los empresarios ingleses. Una vez que la confianza de los inversionistas de la City se había renovado, los créditos comenzaron a fluir: el banco Trustees Executors & Securities otorgó un total de 2.400.000 libras para financiar las obras del canal de desagüe iniciado por Maximiliano. Desde 1886, varias empresas habían tratado de continuar los trabajos, pero todas fracasaron. No fue sino hasta 1889 que el gobierno de México confió esta vital obra a la empresa S. Pearson & Son, encabezada por Weetman Pearson. El abuelo había comenzado el negocio con una humilde fábrica de ladrillos en Bradford; el padre la hizo crecer hasta construir el tren que unía Lancashire con Yorkshire; Weetman extendió la compañía fuera de los confines de la isla, convirtiéndola en una de las constructoras más grandes y prestigiadas del mundo.
 
 

Capital inglés y progreso

 
En diciembre de 1889, Weetman Pearson viajó a Ciudad de México, en donde se entrevistó con el presidente Porfirio Díaz y sus principales ministros. El día 20 de ese mes recorrió el antiguo camino real la colorida villa de San Cristóbal Ecatepec. El poblado existía desde los años previos a la conquista española. Sus primero habitantes construyeron un templo en honor al dios del viento, Ehécatl, al que se le agregó el sufijo 'pec
–que significa cerro en la lengua náhuatl– debido a la rocosa elevación de suelo que gobernaba el panorama. En el siglo XVI, los frailes dominicos destruyeron el templo y sobre sus ruinas edificaron el convento de San Cristóbal Mártir, por lo que el poblado pasó a adoptar ese nombre, aunque nunca dejó de llamarse Ecatepec. Weetman inspeccionó el lugar con sus ingenieros de confianza, quienes habían viajado desde Nueva York junto a él. Sin embargo, el plan del gobierno no agradó Pearson, y este se lo hizo saber a Díaz, poniendo en riesgo la negociación, pero en un ataque de conciencia el político mexicano le dijo al empresario inglés:

Alguien tiene que ceder, y si usted no lo hace, entonces lo hará el gobierno.

El día 23 de diciembre firmaron el contrato en el despacho presidencial del Palacio de Gobierno. Al día siguiente, Weetman Pearson cenó en la casa del presidente, en el número 8 de la calle de La Cadena; allí se hicieron grandes amigos. El inglés se convirtió en el empresario favorito del régimen mexicano. Porfirio Díaz se encargó de darle decenas de contratos de construcción y concesiones de explotación de al menos cinco pozos petroleros. El hombre nacido en Lancashire, por su parte, ayudó al de Oaxaca para que México pasase de un estado casi medieval a ser un país netamente industrializado. Cientos de empresarios británicos, alemanes, franceses, austrohúngaros y norteamericanos invertían en México y se mudaban a su pujante capital, que poco a poco fue adoptando los parámetros europeos.
 

Por aquel entonces, en Inglaterra el fútbol había crecido de manera inesperada. Tras el triunfo del Blackburn Olympic FC frente al Old Etonians FC en la final de la FA Cup de 1883, el juego entró en el sendero del profesionalismo. Cinco años después, William McGregor, presidente del Aston Villa FC, fundó la primera liga profesional de fútbol, la First Division. Era el momento de que la pelota saliera de los confines del mar del Norte y se adentrará en la Europa continental, en donde se comenzaron a crear clubes de fútbol. Justo el día de la firma del contrato entre Weetman Pearson y Porfirio Díaz, los doctores Alexander Mackay y Robert Russell, dos escoceses afincados en las explotaciones mineras del río Tinto, fundaron el Huelva Recreated Club, el decano del fútbol español, que más tarde pasaría a ser el RC Recreativo de Huelva. Posteriormente, el balón también cruzó el océano Atlántico. En Argentina, el profesor Alexander Watson Hutton llevaba cinco años enseñando este deporte a los alumnos del Buenos Aires English High School. Si en 1887 ya se había fundado el Club de Gimnasia y Esgrima La Plata, dos años más tarde también lo haría el Central Argentine Railway Athletic Club, que sería renombrado como CA Rosario Central. La práctica del fútbol se expandía con la misma voracidad con la que se incrementaban los negocios británicos por todo el mundo.

 
 
 
 


   
 
En el año 1891, las obras del canal eran una odisea de problemas. Weetman Pearson encontró en José Yves Limantour un enemigo. El ministro de Hacienda de Porfirio Díaz no confiaba en el inglés, y no pocas veces la obra estuvo a punto de ser cancelada, sobre todo debido a la incapacidad de Read & Campbell, empresa encargada del mantenimiento de la maquinaria y que había sufrido incluso el hundimiento en el río Tula de un barco a vapor cargado con costosos materiales. Los empleados de ambas empresas se asentaron en el pequeño pueblo de San Cristóbal. Allí lo mismo se hablaba inglés que español que se comía tortilla y pan. Los hombres buscaban la compañía de las hermosas mujeres nativas en un par de burdeles que se instalaron a las afueras del pueblo, practicando también el ejercicio de beber pulque, ya que el suministro de whisky era limitado y la cerveza tenía que ser traída de Toluca o Monterrey. Si bien la relación entre locales y extranjeros era de cordialidad y respeto, los problemas se resolvían casi siempre con algún duelo. No eran pocos los que sucedían en San Cristóbal, Pachuca, Tula o Ciudad de México, donde un par de coroneles protagonizaron un famoso duelo a finales del verano de 1891, peleando pelearon por su honor con sables en los campos de Balbuena y resultando uno de ellos herido en el vientre.
 
Los fines de semana muchos británicos viajaban a Ciudad de México, que era una esfera de luz y progreso. Los tranvías comunicaban al pueblo, conectaban el centro con el barrio de La Merced, desde la lejana y casi provincial Coyoacán a San Ángel, y otra vez del centro a Tacubaya o Azcapotzalco. El presidente Porfirio Díaz tenía su propio tranvía, que salía desde Palacio Nacional y se podía enlazar con la red ferroviaria que se construía a velocidad récord. Los domingos, luego de asistir a misa, las mujeres emperifolladas en alegres vestidos florales caminaban por la Alameda Central del brazo de algún gentil caballero, ataviado con elegantes levitas inglesas y sombreros de copa. Para los trabajadores del canal aquello era aventura. Algunos se internaban en barrios peligrosos como Tepito o La Merced. Otros se hospedaban en los hoteles ingleses, que ofrecían los tradicionales english breakfast y roast beef en su carta, así como en el Hotel Gran Sociedad,  en el 445 de la calle de Espíritu Santo, esquina con Coliseo, que alquilaba habitaciones a sesenta centavos la noche. Las visitas al El Universo eran obligatorias. La famosa tienda de abarrotes ofrecía enlatados y embutidos llegados desde Liverpool o Southampton. Los ingenieros más destacados tenían un lugar en la crema y nata de la sociedad porfiriana, encabezada por la elegante Carmelita Romero Rubio de Díaz, la joven esposa del mandatario; también eran sonadas las veladas ofrecidas en la mansión de los De Grees, donde la anfitriona solía entretener a sus invitados con sus magistrales interpretaciones frente al piano.
 
 

El espectáculo del deporte
 
Los deportes comenzaban a tener un espacio en el vibrante escenario social mexicano de finales del siglo XIX. Poco antes del octogésimo primer aniversario de la Guerra de Independencia, el prestigiado Lakeside Club quiso organizar en su sede del Peñón de los Baños –a un costado del Lago de Texcoco, donde ahora se erige el Aeropuerto Internacional de Ciudad de México– una emocionante regata en la que participaron dos equipos ingleses, uno escocés, uno norteamericano y uno mexicano. El evento fue realmente magnífico. El presidente Porfirio Díaz, acompañado por sus ministros, fue el invitado de honor. Los vencedores conquistaron el corazón de los asistentes y seis medallas de oro. Más tarde, se realizó el baile en honor a los triunfadores. El presidente, muy en su papel, no bailó ni una sola de las piezas que tocaron las dos mejores orquestas de la ciudad. El polo era otro acontecimiento muy esperado. La temporada se iniciaría a finales del mes de noviembre, pero desde principios de septiembre se veía cabalgar por los prados de la Alameda Central a los jinetes, practicando con sus corceles para lo que debería ser un extraordinario serial, debido a los nuevos caballos árabes que acababan de llegar a la ciudad. Al mismo tiempo, el béisbol también buscaba encontrar su camino entre la comunidad estadounidense y los fines de semana los aficionados se reunían en Balbuena para dirimir algún partido que les recordase a su hogar.
 
 
 
 


   
 
Desde que se jugara por primera vez en 1827, el deporte rey en México era por mucho el críquet. El mejor equipo del país era el San Cristóbal BC, integrado por los empleados de S. Pearson & Son en Ecatepec, que habían derrotado a todos los equipos a los que se habían enfrentado, especialmente a los mineros de Pachuca CC y Real del Monte. En la fecha del 4 de septiembre de 1891 se celebró un importante encuentro en Pachuca. Los locales se enfrentaron al Velasco CC, que se llevó el triunfo en dos innings por 73-65 y 152-91. Las pasiones se elevaron y los miembros del Velasco decidieron ir al número 2 de la calle de Iturbide, cerca de la sede de S. Pearson & Son, para retar al San Cristóbal a un duelo en el que se definiría al campeón de la ciudad. Aquella noche, Frank Ryan, hermano menor del ingeniero jefe, William Ryan, tocaba con maestría artística su guitarra acompañado por otro ingeniero, George Day, que hacía lo propio con un viejo violín. Ni Ryan ni Day tenían autoridad para hablar en nombre del equipo, así que los del Velasco se quedaron con las ganas de anunciar con bombo y platillo el choque, pero no de elevar el nivel de su insolencia. En los días siguientes publicaron una nota en el periódico titulándola como "un duelo necesario". La ciudad entera permanecía pendiente a la respuesta del equipo de San Cristóbal, que no tardó en llegar. Ambos se verían las caras con motivo de las festividades del Día de Muertos y la sede sería Ecatepec.
 
El empresario Weetman Pearson regresó a México dos semanas antes de la festividad del Día de Muertos, luego de un largo viaje que lo llevó por Londres, Nueva York y Kingston, donde construía otra gran obra. Junto a él, arribó William Ryan, hermano de Frank. Entre sus pertenencias, se encontraba una hermosa lámpara mágica que proyectaba en cualquier pared fantásticas imágenes de lugares lejanos. También trajo consigo una pelota de fútbol. Ese año, el Everton FC había conseguido su primer título de liga, mientras que el Blackburn Rovers FC se había alzado con la que era ya su quinta copa. A pesar de que el críquet era el deporte más seguido, la aparición de la pelota causó muchos suspiros en San Cristóbal y los excavadores del canal no pudieron resistirse a patearla. Ryan era muy renuente a prestar su valioso artículo, por lo que la única manera de convencerlo fue mediante la organización formal de un partido de fútbol. Para esto se configuraron dos equipos, cada uno representando a una de las empresas asentadas en Ecatepec. Así nacieron los Pearson's Wanderers (S. Pearson & Son) y los San Cristóbal Swifts (Read & Campbell). Un hecho trágico enmarcó aquel acontecimiento; pocos días antes de la disputa del partido desapareció sin dejar rastro el joven Ángel Frías, uno de los empleados de Read & Campbell, que corría el riesgo de perder la obra del canal en la que tanto habían invertido.
 
 
Día de los Muertos
 
El Velasco CC anunció con profunda viveza el inicio de sus entrenamientos para el esperado duelo ante el San Cristóbal BC, levantando una gran expectación en la afición local. Faltando dos semanas para la fiesta de los difuntos, aumentó la emoción en el ambiente debido a una corrida de toros organizada por doña Carmelita Romero Rubio de Díaz. Los beneficios irían para las cuantiosas victimas que dejaron las recientes inundaciones en España. Este evento le interesaba muy poco al presidente, quien desde su palco solo vio los primeros cuatro toros y se retiró. La tauromaquia no era de su agrado y no en pocas ciudades se comenzaba a prohibir. Aun así, más de un millar de personas pagaron entre uno y cinco pesos para entrar a la antigua Plaza Colón, recaudando casi 22.000 pesos. A pocos días del gran partido de críquet se dio a conocer el programa para los festejos en San Cristóbal. El sábado por la tarde, a un costado de la casa de los virreyes, un suntuoso edificio construido en 1774, se celebraría una feria a la que estaba invitado todo el pueblo. El domingo por la mañana, un reverendo oficiaría una misa para los ingleses, mientras que en la iglesia el cura haría lo propio para los mexicanos y algunos irlandeses. A las nueve en punto daría inicio el primer inning del partido de críquet, que debía alargarse hasta el mediodía, hora en la que estaba programado el enfrentamiento entre Pearson's Wanderers y San Cristóbal Swifts. Tras el encuentro futbolístico, dividido en dos tiempos de treinta minutos cada uno, habría un almuerzo para luego proseguir con el segundo inning del críquet, que debía comenzar a las dos de la tarde. El posterior intervalo de tiempo daría tiempo a los ingenieros para asearse y vestir sus mejores galas; por la noche se ofrecería un fastuoso concierto en la Alameda Central de la Ciudad de México, iluminada por una planta eléctrica traída desde los Estados Unidos por el mismo George Westinghouse.
 
 
 
 
 
 
 
El viernes 30 de octubre se sacrificaron diez guajolotes, dos cerdos y una vaca en San Cristóbal. También llegaron varias tinajas de pulque en el tren que venía de Tlalnepantla de Baz. Para los ingleses, desde Buenavista arribaron dos barriles de cerveza Merendaz, fabricada en Toluca. El molinero no dio abasto en todo el día, tenían que elaborar muchos kilos de tortillas y la misma cantidad de piezas de pan para los emparedados de jalea que enviados por la tienda El Universo junto con algunos embutidos italianos. Todo bajo la supervisión de Weetman Pearson, que en persona revisaba que no quedase ningún cabo suelto. Los jugadores del Velasco CC y los empleados de Read & Campbell serían los invitados de honor. El sábado al mediodía comenzó el festejo. La feria se instaló cerca del templo y, en ella, el carrusel de ponis era la atracción principal, además de juegos como el tiro al blanco, los aros, y el clásico martillo de fuerza. Los hijos de algunos ingleses que habían traslado a sus familias a México formaron un coro y entonaron un repertorio de canciones tradicionales, como María tiene un corderito o la muy popular Polly Wolly Doodle. Una orquesta militar tocó piezas mexicanas y algunas melodías clásicas. El anfitrión, el señor Pearson, era un hombre de unos 33 años, con tupido bigote castaño, gentil rostro y pronunciada calva prematura. A diferencia de la mayoría de los empresarios extranjeros, Weetman era amigable y condescendiente con los mexicanos, en especial con los indígenas, a quienes trataba con mucho respeto y ayudaba cada vez que podía. Sus instrucciones para sus connacionales eran hacer lo mismo con los locales, que lo veían como una figura casi paternal.
 
En la tarde del sábado, se organizó una carrera de costales entre nativos de San Cristóbal, miembros del Velasco y empleados de Pearson y Read & Campbell, lo que llenó de gritos el prado en donde se disputarían al día siguiente los encuentros deportivos. Seguidamente, se sirvió el festín nocturno. Uno de los cerdos fue asado al estilo europeo y otro fue cocinado en un cazo de cobre. Lo mismo pasó con los guajolotes, al que los ingleses llamaban turkey; la mitad al horno y la otra mitad en mole. En el prado se colocaron tablones y sillas plegables de madera para degustar el banquete. Cuando anochecía, William Ryan sacó su lámpara mágica y comenzó una encantadora sesión. Las imágenes de Edimburgo se reflejaron en la pared del templo de San Cristóbal, dejando asombrados a los asistentes. Para amenizar el acto, el piano de la oficina de Pearson fue llevado a la calle; mientras Ryan leía un resumen ilustrado de Oliver Twist, su hermano Frank tocaba melodías de Mozart y Beethoven. El momento álgido ocurrió cuando Frank tocó The blubells of Scotland al tiempo que se proyectaban graciosas imágenes de payasos, lo que fue tomado como un insulto por los escoceses presentes. El incidente llevó a un par de jaloneos que fueron contenidos por el mismo señor Pearson, quien pidió mesura a los invitados para que se pudiera concluir en paz la jornada sabatina.
 
 
Día de partido
 
En las primeras horas de la mañana del domingo, un tren proveniente de Buenavista llegó a San Cristóbal con al menos doscientas personas. La expectación por el gran duelo de críquet entre el San Cristóbal BC y el Velasco CC era inigualable. Ambos equipos vestían de blanco, pero los visitantes usaban gorras y cinturones azules. Todo estaba listo. Velasco realizó el primer lanzamiento y San Cristóbal pronto demostró el por qué de su fama. El primer inning terminó con ventaja local y así se llegó a la pausa. Era momento para el fútbol. Weetman Pearson hizo colocar una mesa con bebidas y emparedados y un par de señoras nativas instalaron un improvisado puesto de tepache, pulque, agua de limón y agua de Jamaica. Minutos después del mediodía, saltaron a la cancha los Pearson's Wanderers, con camisa blanca y lazo rojo cruzando el pecho, y los San Cristóbal Swifts, también con camiseta blanca aunque portando un lazo azul. El árbitro principal era Frank Tizard y un ingeniero irlandés de apellido Lucey ejerció como asistente. Ecatepec ya había visto a los güeros jugar al críquet, pero esta nueva locura parecía todavía más extraña. Por parte del conjunto de S. Pearson & Son jugó Peter Ryan en portería y capitaneando al equipo; D. McNeill y William Ryan en defensa; Collin Davin y More ocuparían el half back; y la delantera estaría integrada por Kane, Barr, Doyle y George Day. Por el lado de Read & Campbell salió el ingeniero y capitán Lizard en el arco; Horace Bacon como único defensa; Turnstone y Edmonds en mediocampo; y Clarke, Bailey, Payne, Chapman y Ledley organizarían el ataque. Todo estaba listo para que comenzara el espectáculo del fútbol.
 
 
 
 

 
 
El árbitro Frank Tizard hizo sonar el silbato y dio inicio al primer partido de fútbol disputado en México. Al principio todo era confusión. La mayor parte de los integrantes del San Cristóbal Swifts nunca había jugado fútbol, así que en más de una ocasión tomaron la pelota con las manos y corrieron rumbo a la portería, pero Tizard interrumpía las acciones y les intentaba explicar a los mecánicos de qué clase de fútbol se trataba. Por el contrario, los miembros de los Pearson's Wanderers tenían experiencia previa jugando al balompié en Gran Bretaña. Collin Davin probó que su velocidad podría ser un arma mortal para sus rivales; después de una carrera, por poco genera el primer gol contra la meta de Lizard, que brincaba de emoción cuando se acercaban a sus dominios. Kane también demostró que los meses recientes en Inglaterra le habían servido como práctica y su habilidad y rapidez despertaron una carretada de aplausos. En una escapada, Davin y Kane combinaron para que este último centrara el esférico donde se encontraba solo Barr, que lanzó un disparo potente justo al lado de Lizard. El gol fue cantado con mucha sobriedad. Desde la banda, los casi mil espectadores protestaron el tanto, puesto que al momento del tiro el portero de los Swifts estaba distraído buscando su boina, que había perdido poco antes por una ráfaga de viento. Los árbitros consultaron el reglamento y determinaron que no había ninguna infracción en aquella acción. El gol parecía ser el principio de una inminente paliza de los Wanderers, pero en realidad fue todo lo contrario.
 

Los Swifts se reunieron en el centro de campo y planearon una brillante estrategia. Bailey, el único con cierta experiencia en el juego, comenzó a buscar el balón y a internarse en el campo de los rojos, aunque sus disparos eran detenidos por un Ryan que tuvo que esforzarse a fondo. Así llegó el minuto treinta y con este el medio tiempo. Los sudorosos jugadores fueron a la banda en la que se encontraban las provisiones y los refrescos. Luego de un cuarto de hora volvieron al campo. El público aplaudía sin cesar y por un momento se olvidó del totalmente críquet. Con el reinicio del juego, otra vez Bailey sería el motor de sus Swifts; desbordaba y trataba de encontrar acompañamiento en Edmonds, que mostró buenas capacidades. Casi al final del partido ambos avanzaron por el campo contrario a toda velocidad, los halfbacks no pudieron hacer nada para que Edmonds enviara un magnifico servicio a donde se encontraba Clarke. Ryan trató de quitársela usando los pies, pero el forward alcanzó a disparar a puerta. Ante el alarido de los incipientes aficionados, McNeill salvó a los Wanderers en la línea de gol, provocando que el mismo Weetman Pearson saltara y lanzara su elegante sombrero por los aires; segundos después, Tizard pitó el final (1-0). El hecho de no contar con el calzado adecuado –lo que provocó muchos resbalones y faltas– y no saberse bien las reglas del juego no evitó que el primer partido entre ambos clubes fuera un éxito inusitado, tanto, que muy pocos recuerdan el segundo inning entre el San Cristóbal BC y el Velasco CC, que finalmente también favoreció a los locales.
 
 
La revancha
 
El tren de vuelta a Buenavista llegó a las cinco de la tarde. Era muy importante para algunos estar en las celebraciones de la Alameda y el Zócalo, pues allí se colocaron las ofrendas decoradas con coloridos papeles picados por todas las jardineras y en el kiosco principal. El concierto de la Alameda comenzó a las ocho de la noche. El ambiente era extraordinario y muchas charlas giraban sobre el emocionante encuentro de fútbol. También fue un éxito la interpretación de la zarzuela de moda en la capital, El rey que rabió de Ruperto Chapí, cuyo estreno en Madrid a principios de año había generado tal entusiasmo que fue traída de manera inmediata a México, en donde ya rompía récords de audiencia en el Teatro Nacional. Días después, Weetman Pearson partió a Nueva Orleans. La Ciudad de México se preparaba para lo que se preveía como una ajetreada temporada decembrina. Mientras tanto, en San Cristóbal Ecatepec, convertido en el epicentro del deporte en el valle de México, se acordaron dos importantes revanchas. San Cristóbal BC y Velasco CC se enfrentarían el día 26, celebrando el tradicional Boxing Day; a finales de noviembre se concertó otro esperado duelo. San Cristóbal Swifts clamaba por un nuevo enfrentamiento contra Pearson's Wanderes. El choque se efectuaría el sábado 21 de diciembre, como parte de los eventos que conmemorarían la muerte del gran héroe independentista José María Morelos y Pavón. Para esta ocasión, los mecánicos de Read & Campbell hicieron una valiosa adición: el famoso futbolista profesional, internacional por Escocia, Hugh Wilson. Los Swifts entrenaron durante más de una semana buscando limpiar el orgullo mancillado.
 
 
 

 

 
 
La audiencia del segundo partido de fútbol no fue la misma que en el primero, aunque no por ello dejó de ser numerosa. Pearson's Wanderers alineó a Peter Ryan; D. McNeill, Kane; Collin Davin, Edmunds, Chapman; William Ryan, Doyle, Barr y Carrol. San Cristóbal Swifts apostó por Horace Bacon; Furmston y McNeilaige; Day, Hugh Wilson, Payne; Terry Wilson, Clark, Bailey, McKay y Henderson. La rivalidad entre ambos conjuntos se había acrecentado debido a los constantes triunfos deportivos de los hombres de S. Pearson & Son, que no solo eran mejores en críquet, ahora también lo eran en football, o eso creían. Los mecánicos ganaron el sorteo de campo y decidieron jugar con el viento a favor y ceder el kickoff a sus rivales. Los equipos tomaron posiciones, los aficionados vitoreaban y aplaudían a sus favoritos. Con el silbatazo inicial, Ryan pateó la pelota e inició el partido de revancha. Pronto Wilson demostró sus habilidades, así como sus pupilos todo lo que habían aprendido. Clark y Bailey no demoraron en mostrar cohesión con Wilson y acecharon la meta de los Wanderers. Sin embargo, sus disparos salían desviados o eran detenidos por Ryan, ya fuera con las manos, los pies o incluso las rodillas. En una de las acciones más peligrosas de los visitantes, cuando el gol parecía inevitable, McNeill despejó un balón que salió dirigido hacia la zona donde merodeaba Barr. El goleador del choque anterior controló la pelota y tras varias combinaciones se acercó al área contraria; justo antes de cargar su ya famosa pierna derecha, Furmston sería el que recuperaría la posición para evitar el tanto. Las acciones viriles no faltaron y mediado el primer tiempo Davin y Clark se vieron inmiscuidos en un aparatoso accidente. El más perjudicado fue el del Wanderers, que se fue lesionado y dejó a su equipo con diez jugadores.
 
Los alaridos procedentes de las bandas eran un reconocimiento al gran partido que brindaban los dos equipos; las acciones de peligro no escaseaban, como tampoco lo hacía el esfuerzo y el valor. Así se llegó el medio tiempo. En el descanso, Collin Davin fue examinado por el doctor de la empresa y el resto se refrescó un poco del clima templado que se siente en el valle de México por esas fechas. A pesar de ser invierno, el frío no se sentía, al menos no como en Yorkshire o Lancashire, de donde eran originarios la mayor parte de los veintidós. Hugh Wilson daba algunas indicaciones a sus delanteros al tiempo que organizaba la defensa, que sufría cada vez que Pearson's Wanderers cruzaban el mediocampo. Al inicio del segundo tiempo el ritmo de juego se incrementó, los locales tomaron el control del juego y atacaron con violencia la meta de San Cristóbal Swifts. En una de las aproximaciones, Doyle corrió la banda izquierda con la pelota en sus pesados botines de cuero, vio a Ryan desmarcado en el centro y le dio el balón. El delantero controló el pesado esférico, esperó un segundo y sacó un disparo que no parecía entrañar peligro para Horace Bacon, pero la pelota pegó en un pequeño hoyo que la hizo cambiar de dirección, entrando en la meta ante la estirada desesperada del portero de los mecánicos. El gol fue gritado con euforia. Los aficionados no podían creer la desgracia de los Swifts, que habían demostrado mucha mejoría en relación al pasado encuentro.

 
Pearson's Wanderers se lanzó a por el segundo tanto. Collin Davin reingresó al campo tras recuperarse de su lesión. Entonces, Hugh Wilson hizo valer su condición profesional. El juego del escocés era superior al resto y empezó a crear tanto peligro en el área rival que parecía que el gol del empate caería en cualquier momento. Además, Clark y Bailey aparecían por todos lados causando problemas a los de S. Pearson & Son, aunque Peter Ryan se mantuvo firme y defendió la portería como pudo. Finalmente, ochenta minutos después del comienzo, el árbitro Frank Tizard decretó el nuevo triunfo de los Wanderers (1-0). Al término del choque, dos periodistas fueron a entrevistar a William Ryan, que de manera altiva retó a cualquier once de la ciudad a enfrentarlos el día de Navidad o el Boxing Day. Si bien Hugh Wilson había mejorado el desempeño de su equipo, no pudo guiarlo al triunfo. En torno a este personaje, hay dos jugadores registrados en la Scottish Football Association (SFA) bajo el mismo nombre en aquella época. El primero, Hughie Wilson, es una leyenda del Sunderland AFC. Es poco probable que sea al que se refieren las crónicas, ya que en ese momento tenía 22 años y estaba jugando liga en Inglaterra. El segundo Hugh Wilson, nacido entre 1864 y 1860, comenzó su carrera en el Mauchline FC, club fundado en 1873 que se estrenó en la Scottish Cup en 1875. En 1881 fue contratado por el Dumbarton FC, realizando actuaciones que le valieron una plaza en la selección de Escocia que disputó el British Home Championship de 1885. Wilson debutó el 23 de marzo contra Gales en el Hampden Park de Glasgow, en un triunfo arrollador de los locales (8-2). El 12 de diciembre jugó el último partido del cual consta registro. Aquel día su equipo fue derrotado en la copa por el Hibernian FC. Todo indica que Hugh se retiró del fútbol profesional después de aquel encuentro.
 
 
 
 

       
 
Y el fútbol se quedó en México
 
La compañía Read & Campbell abandonó las obras del canal del desagüe a principios de 1892. Así pues, los grandes rivales del fútbol en México se separaron para siempre. Al mismo tiempo, los mineros de Real del Monte y Pachuca trajeron consigo pelotas de fútbol tras sus viajes de regreso a casa, una situación que también se repetiría en ciudades como Orizaba y Veracruz. Exactamente un año después de aquel encuentro celebrado en San Cristóbal Ecatepec se fundaría el primer club de fútbol propiamente mexicano, el Pachuca FC, que se fusionaría con el Pachuca CC y el Velasco CC para crear el Pachuca Athletic Club. Seis años más tarde sería turno para el Orizaba Athletic Club, cuyo origen también está ligado a una compañía británica. El tremendo éxito del famoso partido de fútbol provocó que muchos institutos británicos empezaran a implementar en sus planes de estudio la práctica del juego. El primer cargamento de balones no tardaría en llegar para ser vendido en aquellas tiendas frecuentadas por la comunidad inglesa. En 1895, la compañía S. Pearson & Son concluyó las labores en el canal y dejó San Cristóbal. Sin embargo, muchos de sus trabajadores continuaron en México trabajando en las obras de las vías férreas en el istmo de Tehuantepec, que unían el Pacífico y el Atlántico. A principios del siglo XX, Weetman Pearson obtuvo la licencia para explotar los pozos petroleros descubiertos al sur de Veracruz, fundando de esta manera la Mexican Eagle Petroleum Company y convirtiéndose en uno de los hombres más ricos del mundo.
 

El 19 de octubre de 1902 se fundó la Liga Mexicana de Fútbol Amateur Association. La primera edición del torneo contó con la participación de Orizaba AC, Pachuca AC, Reforma AC, México CC y British Club, inaugurándose con el partido disputado entre estos dos últimos. El Orizaba AC resultaría ser el primer campeón del fútbol mexicano. El porfiriato llegó a su fin el 21 de mayo de 1911, treinta y un años después del triunfo de Porfirio Díaz frente a las tropas de Sebastián Lerdo de Tejada. El cuestionado dictador, que trajo la modernidad a México a costa de represión y descontento social, no soportó la revolución iniciada en San Luis Potosí por el millonario Francisco Ignacio Madero. Así terminó la época de los carruajes, los vestidos largos, los bailes primaverales, las regatas en el lago de Texcoco, las operetas y las zarzuelas. La Revolución mexicana se alargaría durante más de diez años de lucha que causaron la muerte de entre uno y dos millones de personas, lo que significaba al menos el diez por ciento de la población mexicana en 1891. Porfirio Díaz murió el 2 de julio de 1915 en París. Por su parte, Weetman Pearson continúo sus negocios en México a pesar de la guerra. De hecho, llevó a cabo la construcción de la primera refinería en el país, ubicada en la ciudad de Minatitlán. Pearson sería incluso nombrado vizconde de Cowdray en 1917. En el momento de su muerte, diez años más tarde, el nieto de aquel humilde fabricante de ladrillos era el sexto hombre más rico de todo el Reino Unido. La compañía aún existe en la actualidad con el nombre de Pearson PLC y ya no se dedica a los pozos petroleros ni a la construcción, sino a los servicios educativos y editoriales y posee empresas tan importantes como Sky British y Penguin Random House, entre otras.
 
Junto al resto del país, San Cristóbal Ecatepec sufrió los estragos de la revolución y el pésimo gobierno que le siguió. A mediados del siglo XX, cientos de asentamientos ilegales brotaron por todo el municipio como las setas en temporada de lluvia. En el año 1980, un decreto del gobernador Jorge Jiménez Cantú la elevó a la categoría de ciudad y el municipio pasó a llamarse Ecatepec de Morelos, en honor al 'Siervo de la Nación', el militar y sacerdote José María Morelos y Pavón. Hoy en día, atribulada por la delincuencia, San Cristóbal debe sentirse orgullosa de su pasado, cuando Wanderers y Swifts se disputaban el orgullo de ser el mejor equipo de fútbol para el pueblo. Es muy probable que a Hugh Wilson incluso le pagaran por venir a jugar a México, algo que convertiría a este misterioso escocés en el primer futbolista profesional en América. Por todo ello, San Cristóbal Ecatepec no solo está considerado como la cuna del fútbol en México, sino también como la cuna del fútbol profesional en todo el continente americano. Por cierto, dos semanas después del funeral de su hijo, el padre del joven de la ropa deportiva fue aprehendido por la policía municipal, acusado de robo. Iba acompañado por su hijo mayor. Las cosas en San Cristóbal no parece que vayan a cambiar pronto, pero aquel entusiasmo que despertaron los Wanderers y los Swfits debería resurgir y permanecer para siempre, así como el recuerdo de que en este lastimado lugar se cantó el primer gol en la historia de México.
 
 
 
 
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